El Ego: la voz que no somos
Hace más de diez años, fruto de mi práctica de la meditación, entré en un estado en el que era ampliamente consciente de eso que llamamos ego. Y digo “eso que llamamos” porque, aunque es una palabra habitual en los círculos de búsqueda espiritual, no estoy seguro de que todos estemos hablando exactamente de lo mismo, ni siquiera de cómo aparece.
Por entonces comencé a desarrollar un proyecto de fotografía artística llamado Egobreak. En él trabajaba con cuerpos pintados en una especie de performance: el sujeto localizaba, a través del cuerpo, un trauma que lo habitaba y lo marcaba. La intención era atravesar las capas del ego para llegar hasta su núcleo y liberar a la persona.
Hoy no diría que estaba equivocado, pero sí incompleto. Con el tiempo he comprendido que el cuerpo ni siquiera necesita estar en la ecuación. Es tan solo una herramienta con la que estamos en el mundo.
El ego no es solo algo que se somatiza. Es, sobre todo, una mente con vida propia. Una mente impostora que proyecta, que fabrica espejismos, que nos engaña, nos embauca y nos convence de nuestra finitud.
En el desierto, el ego encuentra su hábitat perfecto. Allí no necesita defenderse: se reafirma constantemente. Se rodea de reflejos, de validación, de narrativas que encajan. Y así crece.
Hoy medito cada día, por la mañana y por la noche, y cada vez soy más consciente de algo sencillo, pero difícil de aceptar: eso que llamamos espíritu no está bien ni mal, ni alto ni bajo. Simplemente está. Siempre ha estado. Somos nosotros mismos en comunión con nuestra verdadera esencia.
Es el ego el que lo oculta. Y no es extraño que lo haga, porque somos nosotros quienes le cedemos el mando de forma constante.
Recuerdo también el momento en el que esa claridad comenzó a quebrarse: fue en 2016. Tras una etapa de lucidez apareció una angustia existencial ligada a los acontecimientos del mundo. Y desde entonces —especialmente a partir de 2020— todo parece haberse acelerado.
La ofensiva del mundo digital se ha intensificado sobre el escenario que llamamos “real”. No es una batalla por nuestro bolsillo, sino por nuestra mente. El móvil —ese artilugio que parece gobernarlo todo— se ha convertido en el dispositivo desde el que se proyectan innumerables hologramas: visiones que alimentan al ego, capas que se superponen una tras otra, como nubes que terminan por ocultar el cielo. Y cuando el cielo se oculta, olvidamos que está.
Diez años después me encuentro de nuevo reflexionando sobre el ego, pero esta vez con un matiz distinto. Empiezo a ver con claridad que no solo lidiamos con el nuestro, sino que también incorporamos como propias las construcciones de otros. Egos que no buscan comprender, sino dominar; que no buscan justificarse, sino excusarse; que proyectan estructuras que, si no somos conscientes, terminamos habitando.
Romper con el ego, entonces, ya no es solo un acto individual. Es también romper con una forma de control simbólico.
Y, sin embargo, no se trata de destruirlo sin más, sino de verlo, de reconocer cuándo habla, cuándo decide y cuándo interpreta. Es desde ahí desde donde se abre algo distinto: una amplitud, una forma más sencilla y más limpia de estar en el mundo. Y, sobre todo, en ese lugar donde realmente se juega todo: las relaciones con otros.
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