El final de la gruta
Tal vez os preguntéis dónde diantres he estado. De alguna forma, yo también me he hecho esa pregunta a lo largo de todo el verano.
El 27 de agosto de 2024 inauguraba un cuaderno nuevo que titulaba con una pregunta:
«¿Es esto un libro?»
Todavía dudaba de mi decisión, pero ya no había vuelta atrás: había vislumbrado cuál era mi responsabilidad y aceptaba la aventura.
No fue fácil. Este viaje me colocaría en el mismo punto en el que había dejado mi país un año antes: mismo trabajo, misma isla, mismos dilemas; escasez, insuficiencia y miedo. ¿A qué? A desaprovechar lo que a uno le ha sido dado, tal vez. A que las cosas no salgan. O, peor, a que salgan.
Mi estancia en el retiro de meditación de Tailandia fue algo más que esclarecedora: fue reveladora. Contemplé y comprendí, de repente y con una gran frescura, el propósito de mi existencia. Algo que no se puede explicar racionalmente, puesto que vive en las capas más sutiles y vivas de nuestro ser. Pero sabía que quedarme allí habría sido una huida. Una renuncia. Postergar la aventura real una vez más.
A mi vuelta medité cada día, estudié y leí; entrenaba duro e iba a trabajar con la cabeza alta, a pesar de que mi entorno parecía empeñado en empequeñecerme cada vez más.
Cada día me ponía frente al cuaderno y, a pesar de que sabía que el libro estaba en mi mente —en la mente de todos—, todavía no era capaz de bajarlo al papel.
Tuve que sanar, perdonar, reconocerme de nuevo, contemplarme de niño haciendo las cosas que me llenaban y reconocer cuál era mi naturaleza. A medida que el umbral del portal iba despejándose, aparecía con más fuerza que nunca algo que siempre había evitado: la responsabilidad de vivir plenamente, confiando en el propósito asignado, que debe ser refrescado y renovado cada maldito día de nuestra vida.
Creo que esta fue la primera vez que entré al Trópico Pálido con la convicción de permanecer en él. Y pronto comencé a caminar por una de sus grutas más difíciles: la primera, la que todavía no es, la que te hace preguntarte —o no— si ese lugar en el que comienzas a creer es verdadero, si existe o no.
Y, por supuesto, existe.
Este camino ha terminado. La llamada fue asumida y el propósito, convertido en voluntad: ya he terminado mi libro.
Me alegra muchísimo poder compartirlo.
En la última etapa de este sendero he tenido la oportunidad de mirar hacia atrás y contemplar las cumbres y selvas que he atravesado, pero no quiero demorarme demasiado. Ahora asumo una nueva ruta, todavía no alumbrada en mi mapa: el proceso de edición y búsqueda de editorial. Y, como con todo, no podré recorrerlo en solitario, sino acompañado.
Quería cerrar esta cartografía con un agradecimiento a quienes han esperado, leído y acompañado este proceso desde el otro lado. También a quienes lleguen ahora por primera vez: este mapa seguirá ampliándose y, poco a poco, iré compartiendo lo que vaya encontrando.
No abandoné la escritura. Tan solo pausé las vías de comunicación.
Ahora que el libro está terminado, toca volver a abrirlas.
Y quizá este sea, después de todo, el verdadero final de la gruta: salir de ella y compartir las lecciones adquiridas.
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