Sobre Ilia Topuria y lo que no figura en las tablas: el héroe que no ven

Ayer por la noche, el campeón del mundo de peso ligero de la UFC perdió una pelea en una categoría superior. Y sin embargo, ganó mucho más para todos. En la Casa Blanca, ni más ni menos.

Llevo años siguiendo a este hombre. No le conozco. Pero desde el principio intuí algo que cuesta describir sin que suene a eslogan: este tiparraco ha decidido, de forma consciente y sostenida, ser lo mejor que puede ser. Todo el rato.

No lo digo por los cinturones que ha ganado, sino por cómo se viste, por cómo entrena, por cómo celebra cada día con los suyos y, sobre todo, por cómo se comparte; por cómo ha pasado de apenas pronunciar el inglés a sentarse tres horas con Joe Rogan —el podcast más escuchado del mundo— sin que se le caiga una sola frase. Esto, amigos míos —para fastidio de los resentidos—, no se improvisa: es alguien que trabaja en silencio lo que luego el mundo percibe como talento natural; otros lo verán como suerte, y los más retorcidos, como fruto de un mérito inmerecido.

Muchos lo llaman chulería. Yo lo llamo alegría. Hay una diferencia enorme entre el que presume porque necesita que le vean y el que comparte porque no cabe de gozo. Un gozo de guerrero con hambre de victoria, eso sí: sin complejos, sin falsa humildad, y con orgullo, honrando su naturaleza desde el trabajo y la constancia. Topuria, sin duda alguna, pertenece al segundo tipo de humano. Se le nota en los ojos y en la sonrisa de niño, característica del que sabe que solo tiene que poner su cuerpo y su mente al servicio de lo más alto, que el resto vendrá solo.

Cuando ganó el primer cinturón comenté con mi círculo, medio en broma, que los ofendiditos —como dice la canción de los Mejillones Tigre— no tardarían en llegar. Y llegaron. Las columnas queriendo encuadrarle en algún marco ideológico, como si un hombre que no ha llegado a la treintena, que cuida a su familia, lidia con sus pleitos y aparece en la Casa Blanca al son de la Canción del Mariachi, tuviera que caber en algún cajón. No cabe. Y eso les descoloca.

Lo que no saben manejar es esto: que se puede ser exigente con uno mismo sin ser un fanático; que se puede ganar sin destruirse; que se puede celebrar una victoria sin que la celebración sea el fin, sino la alegría de seguir en el camino. Que se puede vivir gozoso dedicándose cada día a lo más alto que uno pueda.

Ayer aguantó con los ojos cerrados lo que muchos no aguantarían con los ojos abiertos. Su esquina paró la pelea —una victoria, aunque no figure en las tablas—. Saber retirarse a tiempo es una lección que muy pocos aprenden antes de que sea demasiado tarde. Ojalá se recupere pronto y le veamos transformado en un peleador aún mejor de lo que es.

Hace unos días escribí sobre el héroe equivocado. El rockstar —o el conejito malo— autodestructivo que la industria cultural nos ha vendido como modelo. Pensaba en esto mientras veía a Aleksandre Topuria claudicar sabiamente, a tiempo y por todos nosotros; con la misma dignidad con la que su hermano perdió anoche y se levantó tras el último rodillazo de Gaethje. Y me pregunto: ¿qué ocurriría si tuviéramos más de esto y menos de lo otro?

Hay que tener los ojos bien abiertos con este hombre. Porque las lecciones que da no siempre vienen cuando gana en el ring, sino en cómo se conduce fuera de él.


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