En cholas y con mochila rosa: el hombre que llegó a tiempo
El otro día fui testigo de una escena cotidiana y enternecedora que me arrancó, al igual que las buenas películas, una gran y cándida sonrisa, acompañada de una tímida lágrima que recorría mi mejilla.
Caminaba en dirección a mi casa, donde el escritorio me esperaba, con la mente despejada y el cuerpo ordenado que te deja una sesión de gimnasio tempranera. A pesar de haber crecido en el frío de Ávila, la brisa matutina de Las Palmas me aturde lo suficiente como para llevar puesta una chaqueta acolchada y evitar que me dé un airón. Suena paradójico, pero en Canarias también te puedes quedar pajarito.
Y allí, frente a mí y en la estrecha acera, observé que un hombre corpulento, en pantalón corto, tirantes y cholas, corre todo lo rápido que le permite el calzado para evitar que el autobús —o la guagua, como dicen aquí— le sobrepase antes de llegar a la parada. Pero algo captó mi atención: llevaba consigo una mochila rosa brillante, con unicornios y animales fantásticos. Dudando que fuera su maletín de trabajo, me aparté para dejarle pasar y entonces entendí: unos metros más atrás avanzaban una madre y su hija, caminando tan deprisa como les permitía el ritmo de esas pequeñas piernas. Se percibe en ellas cierta diversión. La madre, bien vestida (supongo que para trabajar), y la hija, saben que su héroe, con cholas o sin ellas, dará caza y detendrá esa guagua, permitiendo que ellas lleguen a su destino.
Y llegó.
«¡Qué bien, papá! ¡Lo conseguiste!», exclama la niña. Él la coge en brazos con un gesto cuidadoso, y los tres se funden en un breve abrazo y gesto de despedida. Él, dando la misión por concluida, observa a la guagua desaparecer antes de volver sobre sus pasos, dándose cuenta repentinamente de que está en tirantes y de que, efectivamente, hace “un poco” de pelete para ir así. Pero claro, no había tiempo para decidir outfit y, “first things first”: «mis niñas no pierden el bus mientras yo esté en pie», o algo así debió de pensar.
La escena me enterneció. Y después me dejó pensando, algo apenado.
Porque ese padre -esa figura, ese arquetipo de hombre proveedor, protector, firme y resolutivo- parece hoy, con frecuencia, ser despreciado de manera velada. A menudo pienso que Mufasa, de El Rey León, a día de hoy sería caricaturizado como «Mufacha». Un hombre que entiende que el orden es necesario, que a las cosas hay que llamarlas por su nombre y que la responsabilidad no es una carga, sino una forma de habitar la existencia y de contribuir al bienestar de tu comunidad. Desde la sensibilidad moderna, todo lo relativo al orden arquetípico masculino parece sonar reaccionario, casposo o sospechoso de “heteropatriarcal”.
Sin embargo, el psiquiatra y pensador Carl Gustav Jung establece que un hombre que no es capaz de integrar su dimensión masculina -superando la idea del ánima, la expresión de lo femenino en su inconsciente — antes de los 35 años, corre el riesgo de perpetuarse en una inmadurez crónica, volviéndose caprichoso, celoso, vanidoso e inadaptado. Basta mirar alrededor para reconocer ese patrón: Hombres que no terminan de asumir su lugar, incapaces de comprometerse con un propósito o misión más allá de su placer inmediato. Niños adultos que, sin una brújula moral definida, se hallan, al igual que La Lola de Café Quijano: “buscando gloria como alma en pena”.
Pero cabe también preguntarse: ¿hasta qué punto es una responsabilidad exclusivamente individual?
Vivimos en una cultura que, en nombre de la libertad, pretende eliminar toda comunión con los principios esenciales y humanistas que la orientan. Se nos incita a seguir los pasos de Kurt Cobain, Jimi Hendrix o Jim Morrison; a Leonardo DiCaprio, Mick Jagger o Bad Bunny. Figuras que son convertidas, más allá de su talento, en emblemas de un nihilismo sin dirección, de la cultura del exceso y la persecución eterna del placer y el deseo; el «sexo, drogas y rock and roll» llevado hasta mismísima muerte. Mejor dejar un cadáver bonito a los 27 que vivir una existencia aburrida, ¿no?
En el fango de la entropía moderna, a los hombres se nos empuja a la dispersión y, al mismo tiempo, se nos reprocha la falta de estructura. Se nos invita a ser deconstruidos, pero se ridiculizan los principios que podrían sostener una transformación sólida. Y así, entre el desprecio al saber del pasado y la confusión del presente, muchos hombres quedan suspendidos en tierra de nadie. O mejor dicho: como Peter Pan, atrapados en el País de Nunca Jamás.
Por eso hoy creo necesario, más que nunca, que los hombres encuentren una nueva forma de mirar a los principios eternos, pero en el marco de esta nueva y vasta libertad. Reconocer que hay estructuras —vínculos, referentes, responsabilidades— que no son una imposición ideológica, sino cartografías para una vida orientada. No parece casual que, en muchos casos de quienes terminan delinquiendo, aparezca la ausencia de una figura paterna de referencia: alguien en quien mirarse, alguien que encarne un límite y una dirección. No es una explicación única, pero sí un elemento que conviene no ignorar.
Y, sin embargo, esa figura existe. Sigue existiendo. A veces corre en cholas por una acera estrecha para que su hija no pierda la guagua.
Celebro haber sido criado bajo la mirada de una masculinidad ordenada, equilibrada, proveedora y protectora, que me ha educado de la misma forma que lo ha hecho con mi hermana, sin distinción alguna; que me ha permitido experimentar y, sin imponerse, siempre ha estado presente y dispuesta a apoyar, desde el silencio o desde la acción.
Por eso hoy, en el Día del Padre -San José-, me gustaría reivindicar esa figura. No como nostalgia, ni como reacción, sino como necesidad. Como una forma sana de habitar el mundo. Porque quizás avanzar no consista en disolver las diferencias, sino en integrarlas: en recuperar una polaridad fértil entre lo masculino y lo femenino, y dejar atrás, de una vez, la esterilidad de los extremos.
Un padre y un hijo jugando en una playa de Asturias
