La falsa aventura del exceso - Cartografías VI
A principios de este año mantuve una conversación con mi gran amigo Sergi, con quien compartí miedo y asco en Madrid durante nuestra etapa universitaria más narcótica. Haciendo retrospectiva de aquellos no tan maravillosos años, y poniendo el foco en los altibajos mentales que sufrió -conmigo como testigo en primera línea de su descenso a los infiernos-, concluyó con algo que se aproximó a estas líneas: “fui un idiota, me lo hice yo mismo. Tan solo quería drogarme, salir, escuchar música y follar con mi novia. ¿Cómo no iba a acabar mal?”. Ante esto, me negué reafirmarle en su culpable catastrofismo. “Un momento. Párate ahí amigo”. Le insté a que detenerse y pensar: ¿Cómo dos chicos sanos, de provincias, con buenos referentes en casa podíamos habernos deslizado por aquel vórtice existencial?
En nuestros respectivos hogares el exceso no necesitaba ser desterrado porque nunca llegó a entrar; nuestros referentes no se drogaban ni hacían gala del desordenado libertinaje de la generación que vivió el botellón como si fuera el casi único rito de pasaje a la adultez (gracias políticos). Entonces, ¿cómo fue posible que nos abandonáramos, de forma tan fulminante, en los brazos de un nihilismo tan descuidado? ¿Qué es lo que lo propició?
¿Mi dictamen? Nos lo sirvieron en bandeja.
Lo que buscábamos no era otra cosa que emular a los ídolos muertos que nos ponían delante: Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin, Kurt Cobain o Amy Winehouse; Iconos de una rebeldía empaquetada que encontrábamos no solo en su música, sino en un rango prolífico de ítems de consumo como pósters, camisetas vendidas en las grandes cadenas de Fast Fashion, películas y documentales glamurosos. Todo un sistema de idolatría que convertía el talento prodigioso -y el esfuerzo- de artistas únicos; la natural pulsión existencial de exploración y descubrimiento propios de la juventud; y el legítimo cuestionamiento de las convenciones heredadas, en una celebración de la alienación narcótica y del exceso como forma de identidad. Narrativas que conducían al extravío en el bucle eterno de la validación. Una falsa aventura que no promueve el crecimiento, sino la autodestrucción.
La figura del Rockstar autodestructivo como modelo aspiracional -sobre todo para los hombres- usurpa el arquetipo del héroe, saboteando la vocación natural de explorar la complejidad de la existencia. Un infiltrado que nos incita a la rebeldía contra el sistema, que en realidad ejercemos contra nosotros mismos, boicoteando el potencial de los años más vigorosos de nuestras vidas bajo un desmesurado consumo de todo. Y de nada. La mística generada alrededor del Club de los 27 debería estudiarse como uno de los grandes hitos propagandísticos de las últimas décadas. Y digo propaganda porque me parece raro que se dediquen tantos recursos, durante tantas generaciones, a promover modelos de vida que conducen a la desorientación. Y en el peor de los casos, a morir joven dejando un bonito cadáver. Aunque yo todavía no conozco a ningún adicto deprimido que luzca guapo, sea cual sea su edad.
El rockstar como modelo de falsa plenitud ha corroborado su fracaso y aun así, su validez está más vigente que nunca. El peso que ejerce sobre la masculinidad es devastador y creo inaplazable exponerlo como agente al que hay que tener a raya; como un elemento disruptivo de una masculinidad integrada. Sexo, drogas y rock and roll no pueden sustituir la aventura existencial de aprender a vivir libremente, y no presos del placer inmediato como sistema de validación social frente a la tribu. Una tribu que también puede ser demente.
En un seguimiento de un año a cocainómanos en una clínica de Arizona, se indicó que ningún adicto que continuaba escuchando música violenta y negativa lograba recuperarse. En su libro El poder frente a la fuerza el psiquiatra David R. Hawkins enuncia una teoría que la comunidad científica no tomó del todo en serio: la música tiene el poder de elevarnos hacia estados de conciencia más altos, pero también de degradarnos hacia modos mentales relacionados con la negatividad, la depresión y la violencia. Me pregunto si el disparado incremento del uso de ansiolíticos en la población general tendrá que ver, en cierto modo, con lo que escuchamos.
Sí, tal vez soy un romántico de las tendencias musicales de décadas pasadas. ¡Pero hasta el rock duro de bandas como Led Zeppelin, Deep Purple aspiraban a ser sinfónicos! Hemos cambiado el reggae buenrollero de Marley por el reggaetón machista y tribal; el soul espiritual y el funk ecléctico por el territorialismo del trap; el pop optimista de Michael Jackson por el vicio, la ostentación y la violencia de letras como las de Bad Bunny. A quien quieren hacer pasar como libertador, y no como marioneta del sistema.
¿Es esto accidental? Durante las últimas décadas los hombres hemos sido incitados a llamar libertad a la cultura del exceso. Un falso viaje del que el héroe no vuelve transformado, sino que queda atrapado en la búsqueda de hitos libidinales, materiales y experienciales. Hemos renunciado a responder a la épica de la existencia para repetir una y otra vez la misma bacanal: la habitación de hotel, la botella descorchada y las chicas intercambiables. Hemos admirado y deseado ser el hombre excesivo, autodestructivo y desbordado. Veneramos al rockstar. Al “rebelde”. Al genio atormentado. Al seductor compulsivo. Pero, ¿cuánto de ellos encarna realmente poder y cuánto una esclavitud sedante disfrazada de libertad? Si aceptamos como inevitables los modelos que hoy nos propone la industria cultural, estaremos renunciando a nuestra propia dignidad antes incluso de haberla conquistado.
Abandonarnos a canciones e ídolos que nos enseñan a construir la identidad alrededor del consumo, el placer y la validación nos convierte en sujetos alienados, moralmente desarmados y entregados a la soledad creciente de un individualismo materialista.
Si pudiera volver al pasado y conversar con mi yo de veinte años y con mi amigo Sergi; en aquel parque, bajo la lluvia y entumecidos por el frío de Madrid y las caídas del skate, les diría que esa angustia existencial no era enteramente suya, sino el resultado de intentar reducir su esencia a los dictámenes de un sistema cultural que no nos quería libres, sino voluntariamente esclavos.
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