La unión frente al rendimiento - Cartografías V

He de decir que, desde que comencé la peripecia de escribir estas cartas, me asaltan ciertas sombras y me hacen dudar de si debo seguir o no escribiendo. Se esconden en los recovecos donde a veces no llega la luz.

Y, sin embargo, aquí estoy. De nuevo, hablando contigo. Abrazando aquello que nos hace avanzar, que no es otra cosa que compartir algo, aunque sean motas de sinceridad. De conocimiento. O de vulnerabilidad.

Una de las cosas en las que tengo puesta la mente —o más bien, una de mis mentes: la lúcida, la que se reconoce frágil y necesitada de guía— es en la fragmentación que sufrimos bajo la ingente cantidad de chatarra digital que flota en nuestras vidas.

Recuerdo de niño cómo me costaba comprender el concepto de contaminación acústica. Asociaba la contaminación con los contenedores de basura de mi calle, con los residuos en ríos y bosques, con los documentales en los que los mares se veían invadidos por plásticos. ¿Cómo iba a ser algo relacionado con el sonido igual que aquello que intoxicaba a mis animales favoritos o impedía crecer a las plantas?

Hoy, bajo una lógica similar, estamos contaminados de una forma que todavía no alcanzamos a ver del todo. Intuimos algo, empezamos a reconocerlo, pero seguimos inmersos en ello.

La contaminación audiovisual y digital nos afecta. Sabemos que impacta en la salud mental, pero quizá no hace falta recurrir a etiquetas clínicas para percibirlo. Basta con observar con cierta claridad: hay una enfermedad que no se manifiesta solo en el cuerpo, sino en la forma en la que vivimos, nos relacionamos y pensamos.

Y no debería darnos miedo. Pero sí debería despertarnos.

Cuando uno practica meditación —ya sea trascendental, Vipassana u otra forma de atención plena— ocurre algo sencillo: la mente desacelera.

En el día a día operamos en un rango de activación constante. Nuestra mente se mueve en estados beta (aprox. 12–16 Hz), necesarios para pensar y actuar. El problema aparece cuando esa activación se intensifica y se vuelve sostenida (16–32 Hz): entramos en sobreestimulación, en tensión, en un modo de supervivencia que, mantenido en el tiempo, nos agota. Nos drena. Y nos aboca a la pasividad.

La práctica consiste en cambiar de registro. Pasar de ese estado a uno más estable, más amplio: el estado alfa (8–12 Hz), asociado a una atención relajada. Es similar a lo que aparece cuando contemplamos un atardecer en silencio, leemos sin interrupciones o simplemente estamos, sin hacer nada.

No es complejo. Pero sí exige algo que hemos olvidado: detenernos.

Tengo amigos y amigas que viven más tiempo del necesario en esa tensión. Algunos lo combaten desde la disciplina, otros desde el descanso, “Netflix and Chill” o el cuidado. Pero, en el fondo, seguimos haciéndolo solos.

Ya no llamamos. No bajamos a la plaza. No habitamos el encuentro. Nos refugiamos en pantallas, en consumo, en ruido. Y el resultado es evidente: seguimos cansados.

No pretendo convertir esta carta en un manual, pero sí recordarte algo simple: puedes salir, aunque sea momentáneamente, de ese estado.

Puedes probar algo sencillo:

  1. Elige un ancla: un mantra, una palabra, una visualización o incluso un pequeño gesto.

  2. Adopta una actitud pasiva: no intervengas en lo que aparece; deja que los pensamientos vengan y se vayan sin juicio.

  3. Busca un entorno sin distracciones —o, si no es posible, al menos uno que no te invada.

  4. Colócate cómodo. Sin esfuerzo.

Permanece ahí unos minutos. No tienen por qué ser muchos. Incluso menos de cinco te valdrán.

Ese simple acto activa algo distinto en el cuerpo: una respuesta de calma. El ritmo baja, la respiración se amplía y la mente deja de apretar. Y, durante unos instantes, vuelve a haber espacio.

No podemos permitirnos vivir permanentemente fragmentados. Nos necesitamos despiertos. Atentos. Presentes. No por nosotros solos, sino por lo que construimos con otros.


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