Una defensa de la memoria: reflexión sobre el informe PISA 2025

Los resultados del informe PISA son un reflejo del desprecio por la Educación al que los sucesivos gobiernos nos han acostumbrado. Aunque los resultados de esta última edición son incluso todavía más preocupantes.

No se puede prescindir del entrenamiento de la memoria y la perseverancia como fundamentos esenciales que posibilitan un aprendizaje profundo e integrador. Tampoco podemos pretender que exista creatividad sin disciplina, ni pensamiento crítico sin una mente capaz de sostener la atención durante el tiempo suficiente como para atravesar la dificultad. El propio Miró se sometía a una disciplina severa que le servía para crear desde la más radiante espontaneidad.

Mihaly Csikszentmihalyi, en su libro Fluir, estudió los estados de conciencia que aparecen cuando conseguimos concentrar nuestra energía psíquica en una actividad, hasta el punto de que las distracciones, los impulsos y la búsqueda de gratificación inmediata desaparecen de nuestra conciencia. para que esto ocurra es necesario que exista una meta, un nivel de dificultad adecuado y la capacidad de mantener nuestra atención orientada hacia aquello que hacemos.

La concentración profunda no es, por tanto, el resultado de mantener al alumno permanentemente entretenido mediante estímulos externos, dinámicas de juego u otras estériles ocurrencias de la pedagogía moderna. Es justamente lo contrario: el resultado de aprender a gobernar la propia atención. Un aspecto que parece haber sido abandonado por el sistema.

El sistema educativo debería ser un refugio ante el caos actual, un gimnasio donde ejercitar también la atención. Un lugar donde aprender a leer durante horas, perseverar en los problemas complejos que inicialmente se resisten y descubrir que la satisfacción que se experimenta al romper barreras por uno mismo es mucho más profunda que la gratificación de la adulación superficial.

El ser humano no crece huyendo de la dificultad, sino atravesándola y viendo a otros hacer lo mismo. Hay una satisfacción particular en demostrarse a uno mismo que es capaz de dominar algo que antes no dominábamos, en adquirir habilidades nuevas, en comprender aquello que antes se nos resistía —Recuerdo la explosión de gozo que experimenté cuando, por fin, “entendí” la música de Jimi Hendrix—. Privar al estudiante de esa experiencia en nombre de una educación más amable o menos frustrante es, a mi parecer, una forma sutil y perversa de impedir que crezca. De sentir el tremendo placer de superarse y verse cada vez más válido y confiado.

La conciencia necesita un orden interno para no disolverse y caer presa de una niebla en la que todo se difumina y nada se retiene. Cuando desaparecen las metas, los límites y los referentes capaces de ordenar nuestra experiencia, la libertad puede convertirse fácilmente en dispersión. Y una conciencia dispersa es una mente vulnerable: incapaz de discernir qué merece su atención de lo que es prescindible o incluso tóxico, quedando esta expuesta a cualquier estímulo que suscite su deseo.

Aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Hemos llegado a establecer que la libertad implica la ausencia de restricciones, elevando a virtud suprema la posibilidad de que una persona haga en cada momento aquello que le apetezca. Sin embargo, la verdadera autonomía comienza cuando adquirimos el dominio de las pasiones, la capacidad de dirigir voluntariamente nuestra atención hacia las metas y objetivos que nos proponemos.

Por eso la disciplina o la perseverancia no deberían entenderse como enemigas de la libertad del las personas, sino como una de las precondiciones para que esta pueda existir. Las reglas, la memoria, la repetición y el esfuerzo no momifican la mente. Al contrario: asientan las fases sobre las que después podremos movernos con flexibilidad. Al igual que en las artes marciales, primero trabajamos en la forma estricta para que, con el tiempo, nuestro cuerpo responda casi automáticamente con la libertad y gracia que el entrenamiento previo ha posibilitado.

Aquellos que no tienen metas o, en su traducción metafísica, un propósito que actúe como principio rector de sus vidas, corren el riesgo de perderse, caer en la desesperanza y en la trampa del nihilismo. Así de importante es la educación: no solo porque transmita conocimientos útiles para el mundo en que vivimos, sino porque puede proporcionar al individuo herramientas con las que ordenar su conciencia, gobernarse a sí mismo y descubrir aquello hacia lo que merece la pena orientar su vida.

No hay flexibilidad ni creatividad posibles sin una base que las sustente. No hay pensamiento profundo sin capacidad de permanecer extensamente en una idea. No existe la libertad sin la capacidad de gobernarse a uno mismo.

Aquellos que no tiene las herramientas que emanan del entrenamiento de la memoria o disciplina corren el riesgo de acabar como una comenta sin lugar al que asir su cordel: zarandeada y a merced del viento cambiante, sin resistencia alguna ante la entropía de la modernidad.

Los modernos lo llaman libertad.

Yo lo llamo una voluntaria y delegada esclavitud.


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