El bosque y el inconsciente

Si estás pendiente de lo que voy publicando, ya te habrás dado cuenta de que últimamente converso mucho con Jung. Y esto es muy curioso porque llego a él justo en el momento en el que me entraron unas ganas terribles de adentrarme en el bosque. A buscar al lobo, ya sabes.

El bosque es un ecosistema que está por debajo de las cumbres montañosas, de la misma manera que el inconsciente está por debajo de la mente racional. El bosque y la montaña representan dos formas distintas de aventura. La montaña nos invita a ascender, superar el desnivel y conquistar cumbres cada vez más elevadas. Por otro lado, caminar y perderse por el bosque no supone el mismo esfuerzo físico que subir un pico o recorrer una ruta de varios días. De alguna manera, el desafío parece menor y, en esta época en la que buscamos la validación constante a través de la aventura más vistosa o la conquista más alta, adentrarse en el bosque no rinde de la misma forma bajo el termómetro que mide nuestro capital social.

A pesar de que sabemos que adentrarnos en la espesura forestal no conlleva enfrentarse a ningún peligro —exceptuando unos pocos enclaves geográficos—, esto suele inspirar un profundo miedo. Y no por el peligro real, sino por los peligros que acechan en nuestra mente.

Zonas oscuras que adquieren formas de monstruos, animales salvajes despiadados o espíritus malignos; hadas, duendes y trasgos; neurosis, psicosis o la locura total.

Jung asociaba el bosque directamente con el inconsciente. Esa penumbra a la que a menudo no nos atrevemos a acceder. Una gruta de la que sabemos que sobreviviremos físicamente, pero en la que tememos perecer espiritualmente y que nos encuentren petrificados, disociados o directamente desaparecidos por y para siempre.

¿De qué forma evitar esta aventura nos está impidiendo integrar aquellos aspectos de nuestro inconsciente que aguardan para hacernos más fuertes? ¿Qué es lo que brilla dentro de esa oscuridad? ¿Acaso no sentimos todos algo que merodea detrás nuestro a lo largo de nuestra vida?

Algo que parece decir:

—Sabes que estoy aquí, te estoy esperando.

Poco a poco, e influidos por la cultura de masas, reemplazamos el peligro y el riesgo de la aventura por la certeza de elegir atributos a la carta: ideologías, deseos e incluso experiencias sensoriales.

Estamos más «en forma» que nunca, tenemos decenas de habilidades especiales y, a pesar de ello, empequeñecemos ante la sombra de nuestro pasado y claudicamos de la aventura de encontrarnos con quienes somos y con quienes podemos llegar a ser.

Por eso nos perpetuamos en la adicción —sea narcótica, material, emocional o ideológica—, porque no elegimos libremente el acceso a la aventura. Como en el experimento de Rat Park, de Bruce Alexander: solo las ratas enjauladas elegían consumir morfina, azúcar o heroína; las ratas en libertad preferían jugar, explorar y aventurarse.

Es como si eligiéramos una soledad materialmente sofisticada en lugar de aceptar el propósito para el que hemos venido, que no es otro que ser humanos.

Es decir, asumir nuestro proceso de individuación manifestando aquello que flota en nuestra realidad psíquica interior y alcanzar, en la medida de lo posible, la totalidad de nuestra personalidad. Que no es la perfección interior, sino la integración de nosotros mismos en la existencia misma.

Al fin y al cabo, somos el único animal capaz de reflexionar sobre lo que es «ser».

Tendremos que descifrarlo, ¿no?

Piénsalo.


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