¿Nos está haciendo más tontos el móvil? Jung, la neurociencia y la pérdida del alma

Hay una idea de Jung que lleva décadas esperando que la neurociencia le diera la razón. En El hombre y sus símbolos escribió que cuando algo se evade de nuestra consciencia no cesa de existir — simplemente actúa sin nuestro permiso. Lo explicó como fragmentación, pero lo designo como una pérdida del alma. Algo que no requiere diagnóstico clínico para poderlo reconocer: basta con observar cómo nos relacionamos, cómo nos dispersamos y cómo nos cuesta sostener una idea sin mirar el teléfono.

Hoy, setenta años después, la neurociencia está poniendo cifras a lo que Jung intuía.

Lo que dicen los estudios

Un meta-análisis de 15 estudios de medición del volumen cerebral en regiones concretas, encontró reducciones convergentes de materia gris en áreas prefrontales de la corteza cerebral. Las mismas regiones responsables del control inhibitorio, las funciones ejecutivas y la capacidad de recompensa diferida. Es decir: las que nos permiten resistir los impulsos, sostener la atención y tomar decisiones a largo plazo.

Una revisión complementaria de 11 estudios de neuroimagen fue más específica: los usuarios excesivos de smartphone mostraron menor volumen cerebral, con efectos especialmente marcados en adolescentes.

Dicho en términos no académicos: el uso excesivo del móvil está reduciendo físicamente las partes del cerebro que nos hacen más humanos. No es metáfora. Es anatomía.

La fragmentación como modo por defecto

Jung distinguía entre dos tipos de disociación mental. La primera es voluntaria: la capacidad de concentrarse en una cosa excluyendo el resto, que consideraba una hazaña civilizada. La segunda ocurre sin nuestro conocimiento ni consentimiento — y esa, decía, es la causa patológica de la neurosis.

El scroll infinito opera exactamente en ese segundo registro. No decidimos fragmentarnos. Simplemente ocurre, notificación a notificación, estímulo a estímulo, hasta que la capacidad de sostener un pensamiento complejo se vuelve tan esforzada que la abandonamos.

El resultado no es solo distracción. Es una erosión progresiva de la identidad. Porque pensar de forma sostenida — leer, contemplar, escribir, meditar — no es un lujo intelectual. Es el mecanismo por el que integramos la experiencia y nos reconocemos en ella.

Lo que está en juego

Leer un libro de principio a fin, ver una película sin el móvil en la mano, mantener una conversación sin dividir la atención son hoy, más que nunca, actos revolucionarios. No porque sea difícil, sino porque nos devuelven aquello que el sistema nos quiere quitar: la atención.

Que además es el recurso más escaso que tenemos.

Y estamos permitiendo que nos lo roben.



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